miércoles, 28 de abril de 2010

Clara




Sé que trabaja en la oficina del correo. Yo trabajo en la panadería que está enfrente y lo veo siempre. Veo a todos los que están detrás del vidrio y sé que hay más oficinas al fondo. Entra a las 8, yo a las 6. A veces falta. No lo tome a mal, al contrario, lo digo valorando el hecho de que sabe darse ciertos permisos. Llega siempre menos 10, pasa por la panadería y cruza, le veo la espalda, casi siempre de ropa oscura y zapatillas. Siempre menos 10, debe vivir lejos. La gente puntual en general vive lejos por el riesgo de perder un tren. Yo también. Se viaja como animales. Una vez se ató los cordones justo enfrente de la vidriera de la panadería y me saludó, ¿se acuerda?



El primer día que vino a comprar facturas, usted miró un cuadro que había sobre la pared, lo miró mucho. El cuadro era un poco confuso pero dejaba adivinar una pareja tumbada en una cama, las sábanas desordenadas, los cuerpos exhaustos, aunque con dos realidades divididas desde la cintura de esos cuerpos. Por debajo se veían las marcas de haber estado unidos salvajemente, casi con violencia, pero de la cintura para arriba los rostros no se encontraban, los ojos estaban abismados, ausentes, como buscando una puerta. Usted lo miró mucho. Tanto que empezaron a mirarlo casi todos los que estaban en la cola y no sé cómo fue que alguien dijo algo que raramente no escuché, hasta que usted dijo: “El cuadro lo interroga a uno acerca del amor.” Y después me miró y me pidió una docena y yo le preguté cuáles y usted me dijo elija usted. Yo le preparé las mejores facturas, le envolví el paquete y justo al entregárselo se me resbaló y le rocé la mano. Le pedí disculpas y usted me preguntó de quién es el cuadro y yo le dije que mío, ¿se acuerda?



Después no vino más.



Yo empecé a observarlo detenidamente. Un día usted tiró un papel chiquito en el tacho de basura que quedó justo sobre un envoltorio de helado y después cruzó y yo lo fui a buscar. Era un boleto del Roca y confirmé mi pálpito, pero después lo dí vuelta y vi que tenía escrito algo, quizás con su letra: “nada más triste que ver el lado vacío de mi cama con tu cara dibujada en el aire” ¿Es poeta? Sepa que puse el boleto en mi billetera del lado de las palabras, me parecen hermosas.



Estuve pintando muchas veces su rostro sin poder lograrlo correctamente ¿tiene usted un lunar del lado derecho de su cara? El día que vino por las facturas me pareció que sí. No lo recuerdo y como siempre viene de la esquina derecha nunca puedo verle ese lado.



Le escribo todo esto en una carta porque no quisiera vivir la experiencia de una negativa en persona, pero me gustaría poder observar su rostro detenidamente un día de estos, en lo posible cuanto antes, sobre todo para tratar de comprender por qué es que necesito pintarlo. Si está dispuesto a tomar un café conmigo a la salida del trabajo, sepa que termino media hora más tarde que usted, y que si cruza la calle y me compra una medialuna de manteca sabré entender que acepta y que va a esperarme en el bar de la esquina sin necesidad de decir nada más.



Disculpe mi atrevimiento y mi cobardía, es la primera vez que me ocurre algo así, yo misma me he sorprendido de mis miedos, pero es que el silencio me ha parecido peor.


Atentamente, Clara.

viernes, 9 de abril de 2010

Hipotético sin fin



A: Yo pensé que cuando vos pensaste que yo pensé lo que pensé, ibas a pensar que te quería joder.
B: Me di cuenta, pero no quise pensar en eso y cambié de pensamiento. Lo que me dolió fue ver que vos seguiste.
A: ¿Por qué pensaste eso?
B: Porque yo cambié, pero vos seguiste pensando lo que pensabas al principio.
A: ¡Pero si pensabas así seguías pensando lo mismo!
B: Trataba de pensar que no pensaba nada para no seguir pensando mal, pero vos seguías y me daba cuenta.
A: Yo tampoco quería pensar lo que pensaba, pero creía que como vos seguías pensando lo que pensabas al principio pero peor, no me quedaba otra que seguir pensando así.
B: ¿Y porqué no pensaste otra cosa?
A: Porque pensé que seguías pensando eso.
B: ¿Y qué pensaste?
A: ¿Cómo que pensé? Pensé que cuando vos pensaste que yo pensé lo que pensé, íbas a pensar que te quería joder, no te estoy diciendo.
B: Sí, yo también pensé eso, pero no quise pensarlo más y dejé de pensarlo, porque pensé, ¿Cómo va a pensar eso de mí?
A: ¿Y?
B: Y dejé de pensarlo, me quedé pensando nada, en blanco, para salvar la relación, pero te vi los ojos apretados de seguir pensando lo mismo y se me complicó seguir pensando nada, pero hice fuerza y pude, y vos no.
A: Si estabas pensando que yo pensaba mal, estabas pensando en eso, no estabas pensando nada, no mientas.
B: Trataba de seguir pensando nada, más que nada pensaba en eso para cortar este círculo de pensamientos negativos y no echar más leña al fuego.
A: Si yo pensé lo que pensé es porque primero vos pensaste que yo podría pensar que lo que pensabas me podía joder, ¿o no lo pensaste?
B: Sí, lo pensé, pero después paré.
A: ¿Y, me querías joder?
B: Yo pensé que vos podrías llegar a pensar que lo que yo pensaba te podía joder, pero no te quería joder.
A: Ah bueno, eso es lo importante.
B: Y sí…
A: Yo pensé que me querías joder en serio.
B: No…
A: Entonces está bien…
B: Sí….
A: No pasó nada.

lunes, 5 de abril de 2010

La chica del pop corn


Anoche la chica que fue sola al cine hizo la cola de los pop corn y se compró la caja gigante. Después se puso en la cola para entrar. Tenía pollera cuadriculada, un gamulán colgado del antebrazo y una carterita gris. Iba comiéndolos mientras. Llegado su turno, el tipo le pidió las entradas y ella le extendió el ticket de los pop corn, el hombre le dijo que esa no era la entrada y entonces empezó a buscar en la carterita con esfuerzo. Si se inclinaba mucho hacia un lado los pop corns se le caían en manada hacia el otro y en la carterita no apareció. Tuvo que inspeccionarse los bolsillos, metió la derecha en el de la pollera y zarandeó la mano nerviosa y nada. El hombre le quitó la vista apurándola, mirando al resto de la cola que se ponía inquieta ante la detención. Siguió la chica con los bolsillos del saquito de lana, primero el de la izquierda, la introducción de la mano como manipulando un títere de guante y nada, los pop corn cayendo en catarata hacia los pies del señor.

Ahora todo un pase de brazos del gamulán y los pop corn hacia el flanco izquierdo para revisar los bolsillos derechos y los pochoclos compensando la superficie del suelo lisa circundando ahora parejos la zona en semicírculo. La mano acalorada manoseando los agujeros, cada introducción mínima en la que podría haberse atascado el delgado cartoncito blanco, el hombre “córrase mientras busca para que sigan pasando”.

Sigue el manoseo, siguen los souvenires blancos regando su paso, se siente el murmullo de impaciencia, la mirada general sobre su nuca sellándola con el rótulo de “la que no encuentra”, la sospecha, el aire acondicionado alto, el calor también sospechando. Cada tanto un puñado de pochoclos a la boca, en señal de resarcimiento por el detestable momento, los kilos de más que no importan, que se deciden a mostrarse igual, el remis tomado desde Burzaco, los tres meses de encerramiento forzoso depresivo, los bolsillos vueltos a agrandar de la fuerza salvaje con la que introducía la manopla desesperanzada, la reconstrucción mental de los hechos de lo que podría haber pasado, la revisión del dinero, el vuelto, la memoria del billete con el que pagó, desplegados sobre la pequeña superficie de mano liberada del pop corn. La nada, la nada blanca, chorreada de pochoclo succionado con gusto a billete para no acrecentar el propio deshecho, la coca que olvidó comprar y ahora extraña con necesidad superlativa, la gotita que asomaba a la frente, la cola casi terminada, el atrancamiento de la uña que se le acababa de partir junto al medio punto del bolsillo del saquito de lana, la sensación de engancharla y remarcarla en cada confín de cosa que tanteara y la cola llegada a su fin. La entrada no aparecida.

La mirada inclemente del hombre de las entradas, para ella hiriente, insultante, prejuiciosa.
"No lo encuentro", le dice y sube sus ojos verdes insertados en el centro de sus mejillas visiblemente ruborizadas hacia la autoridad como pidiéndole ayuda "es que me cuesta buscar con ésto en la mano."
El hombre mudo, calla, piensa que su cigarrillo afuera se demora por la “resagada”, ni se le cruza ofrecer sostenerle la caja.

La chica advierte que estará sola en ésto, se aleja hasta una mesa, apoya los pop corn y con la calma que deviene a la tensión mayor ya consumada, lamentando tener que haberse perdido seguramente las publicidades que hacía tanto no miraba, incluso con la incertidumbre de si la película habrá empezado o no, rebusca de nuevo sobre cada abertura, pispea de reojo al hombre al que juzga como un grandísimo perro con ojos de aguado rencor, pero la entrada no se deja ver y desahuciada renuncia un momento en perfecto stop.

El hombre al verla quieta siente su mirada implorando dejarla pasar igual pero sale hacia fuera buscando en su bolsillo el atado de puchos.

La chica con los ojos fijos en el lugar que la ausencia del tipo dejaba al lado del palo plateado con el cordón grueso escoltando la urna de las entradas, suspira la injusticia y se lleva un puñado de pop corns a la boca. Por supuesto que entre sus fantasías desfiló la idea de clavarle una daga en algún costado fofo al maldito hombre, pero se podría decir que abundaron más las imágenes melancólicas y victimistas que tuvo de sí, una especie de auto presagio maligno le decía, cual Chuqui amigo invisible, aquí tienes por salir, te dije que no la ibas a pasar bien sola. El mundo no favorece a las gordas. La juventud y la delgadez arrancan actos caballerescos y si hubieses respetado la dieta que no supiste cumplir, aún teniendo 30 te hubiese dejado pasar, pero no. Más pop corns a la boca, otra bocanada de suspiro injusto, resignado… Ahora vuelves sin el poco dinero que tenías y con la dignidad machucada, acá traes el resumen de tu diversión.
Entrecerró los párpados.

Le vino la imagen del subte sentada a su lado con su cara más feliz y la risa congénita, allá lejos en el tiempo, antes de que su angustia la hubiese atrincherado en su monoambiente de Burzaco con la heladera cargada. Entre todas las porquerías con las que se había reencontrado tratando de dar con la entrada estaba la tarjeta magnética de metrovías, esa que nunca más usó después de aquel viaje que fue el último instante feliz que vivió. Los abrió rápido para evitar el suicidio.
Una cólera súbita le ascendió por la columna en señal de defensa. Torció la cabeza hacia el tipo que estaba ya afuera fumando con su compañero olvidado del asunto y que al sonreír dejaba entrever un diente completamente plateado. Se levantó directamente hacia él, abrió la puerta de vidrio y se le colocó en su frente, le arrojó el paquete completo de pop corns sobre la cara y le dijo vete a la mierda.

Grito


Es que no tenía sueño
Era la noche
De lejos la ventana parecía un agujero negro
Fui, me acerqué
Todavía no llegaba cuando sentí miedo.

Fue total, bello
Casi estaba entera cuando vino,
toda unida yo por su baño.
Iba lento.

Sentí que alguien me esperaba al otro lado.
Que en alguna otra parte también era viernes
y que alguien tampoco podía dormir y llamaba.
Que iba a verlo.

Pero tuve que llegar y lamentarme.
Tanto espacio oscuro y solo
sin nadie,
tanta carencia de amar
me quitó hasta el miedo.

Me sentí nadie o el mismo agujero y
tuve que gritar
Llamé
Bien fuerte grité
¿Hay alguien ahí?

Volví a gritar.
Cualquiera que escuche daba igual.
Alguien

Si mas extraño mejor
Si más alto
Si más pobre
Si más grande
Sólo extraño.

Tan extraño
como el agujero negro de la noche

Volví a gritar.
Tres veces,
fueron tres veces y nada.

Nadie en ningún lugar.

Perfectamente imposible.
Lo constato.
Nadie.

Por ahora nadie.

Sigo llamando.

Modelos

Pierdo cada día si me comparo a la chica de la publicidad, a la madre vestida de colores pasteles que espera maquillada y perfumada al nene del colegio con una torta exquisita.
Pierdo si me comparo con la chica linda del auto, que sin tener nada en especial y sólo por fumar marlboro, para el auto porque el semáforo está en rojo, busca un cigarrillo, no encuentra fuego y la sorprende una mano masculina que sale por la ventanilla de otro auto que se le pone a la par con un encendedor lipo encendido, de esos que no se apagan ni aunque haya viento.
Pierdo si quiero tener una de esas casas lindas, todas despojadas, esos muebles minimalistas modernos que no son para la gente que tiene libros, porque no vienen con estantes, son apenas tablas flotantes, hermosas, inútiles, demasiado angostas, que jamás pueden desordenarse porque no les entra casi nada, entonces pierdo porque tengo una casa con cosas, muchas cosas que se desordenan mucho y mi casa nunca se parece a las de las revistas, sino no podría decir que pierdo.
Pierdo si cocino casero, porque no me sale nunca como a mi mamá, porque nunca supe cocinar muy bien siendo que ahora hay microondas, alimentos conservados, casi listos y toda una serie de cosas muy prácticas que antes no había y yo las uso, porque no me alcanza el tiempo y me vienen de maravilla, y no veo que me resulte tan necesario aprender a cocinar siendo que en realidad no me gusta.
Pero pierdo si se me queman las milanesas, porque mi hijo dice que no sé cocinar como todas las mamás, que no le cocino bien, que tendría que cocinarle mejor y es verdad que siempre las madres apoyan una hermosa bandeja humeante en el centro de un mantel a cuadritos con hasta flores sobre una mesa llena, de una familia llena, a la que no le falta ninguna presencia en ninguna silla, y de verdad que no se ve ni un poco de quemada.
Pierdo si en vez de recibir a mi hijo con una sonrisa comprensiva y una caricia sobre el pelo cuando lo veo venir con todo el guardapolvo escrito con liquid paper le digo “Ahora lo lavás vos, para que te des cuenta de que eso no sale”, pierdo porque me dice buenooooooo y no me habla por un rato y lo peor es que después ni siquiera lo hace, no lava nada el guardapolvo y encima, lo sigue escribiendo. Ni me entiendo mejor con nadie por más de que tenga movistar. ni tengo a veces con quien ir al cine por más que mi facebook se vea lleno de amigos.
Pierdo si no doy abasto con estar perfectamente maquillada, depilada, perfumada, con las manos hechas, las raíces teñidas y la ropa con olor a suavizante vívere todo junto, pierdo porque no lo logro y me doy cuenta, me es visiblemente notorio, pero también pierdo si lo logro, porque igual ningún chico atractivo, con las mismas virtudes resueltas todas juntas como yo y recién bañado, viene ni me sorprende con un ramo de flores por la calle por haber usado impulse. Nadie me sigue, eso no me pasa, ni me pasó ni escuché de que haya pasado y cuántas veces miré hacia atrás, ansiando que algo ocurriese, algo insólito, inesperado o absurdo siquiera y no.
Esos días en que me siento flamante, llego a cualquier sitio y es un desastre, tantas otras mujeres más osadas, más sexies, más tetonas, más altas, más coloridas, más originales, todas y cada una mejor que yo, porque hasta me es inevitable verlo. Pierdo, aún esmerándome en no perder. Pierdo, todos los días, pierdo a cada momento si me dejo ser como soy. Ahora si me dedico a imitar todos esos modelos de perfección, también, porque no me salen. No conozco a nadie al que le hayan salido bien. Tarde o temprano me doy cuenta que no, que no le sale a nadie, que por más que traten de hacerlo creer, que se hace mucho eso, no, es que disimulan, que actúan que les sale, hacen como de actores de sus propias vidas, pero no.

Pierdo porque no puedo lograrlo, porque no sé quien es el que señala que debo ser la mejor, que tengo que ser hermosa, que tengo que ser comprensiva y grito, de vez en cuando grito y hasta me violento con almohadones y objetos diversos. Soy torpe, impulsiva, imperfecta, atolondrada, colgada, distraída, me dejo absorber por ciertas absurdidades que a casi nadie le interesan, deseo muchas cosas que me cuestan alcanzar y siento que mucha gente se ríe entredientes de mis obsesiones y me duele. A veces tajearía con un cuchillo a todo el mundo para que sienta algo y dejen de aparentar estar espléndidos y perfectos y superados y exitosos. Es que quiero compartir este fracaso casi tierno, porque es que me he encariñado con él, casi me dan risa las cosas que pretender ser algo que no son. Me da compasión tanta humanidad junta. Esos sentimientos casi puros que creemos tener de vez en cuando todos, creyendo que es la gran cosa importante, el suceso del momento y a todos nos pasa igual. Todo lleva la marca de una fisura latente en la frente. Mire a quien mire lo sé y me enternece. Tanto sea que me quiera convencer de su logro o de su desgracia, es parte, “ok, está bien, entiendo, no es ni tanto ni tan poco, qué bien, mantenete perseverante, conservá el entusiasmo”, es que sé que va a flaquear, lo sé, porque así me ocurre a mí, y es lo habitual, pasará, ocurrirá la torpeza, el error, el egocentrismo, el desborde equivocado, el sentimiento absurdo de querer perpetuar alguna cosa placentera y al fondo del último síntoma de la risa, al fin del último músculo que deja de contraerse y se relaja del todo, sentada la decepción aguardando crecer y el mundo sigue, amigo, sigue como los ciclos climáticos y las lluvias y las cosechas, y los trabajos, y los estudios y los amores que sepan seguir. Siguen. Se detiene todo mañana o sigue, depende, nadie sabe nada, sólo estar haciendo, todo se está haciendo todo el tiempo, cada vínculo, cada relación, cada mirada, cada caricia, cada costumbre, cada primavera, cada alarido marchito. No hay más que explorar las tensiones de nuestra propia complejidad, no hay fórmula alguna, nadie saldrá ileso del asunto, nadie será invicto de desgracias, de perder cosas preciadas, de temer fracasar. Nadie. En uno u otro aspecto, somos hermanos en todo esto, nadie será feliz estando sólo y apartado ni en un country, ni un castillo de millones de dólares, nadie está a salvo en ningún lado, no queda sitio seguro en ninguna pare. Nunca lo hubo.

Quiero resaltar la belleza de esa fisura que nos amenaza, la belleza y la poesía de nuestro perder absurdo y cotidiano, la tenacidad y la terquedad de seguir deseando a nuestro pesar, darle la mano, encariñarse, tomarlo como nuestro yo más íntimo y quererlo imperfecto y frágil como es. Pequeño tesoro de humanidad que tenemos todos, cada uno de nosotros, drama trágico que va hacia su muerte sin otro alivio que el de la propia resistencia que sepa ejercer. Tesoro fútil que nunca se calla, que nos traiciona con la esperanza de que tomemos conciencia de que de su mano somos mejores, seres efímeros asumidos y bellos que cantan un himno de alabanza a su poquedad y sólo así pueden vislumbrar su tanto.

Oh naturaleza sabia que me has hecho tan precaria, te canto porque me diste la posibilidad de necesitar, de ansiar mejorarme con otros, de no bastarme a mí misma para que tenga la tarea de echar lazos, la labor interminable de esta historia de rompecabezas que nunca es igual y siempre apasionante, permíteme perder por ti y dejar este texto inconcluso que asume su incapacidad de decir y renuncia ante tu sabiduría.
Gracias a ti, mi imaginación,
gracias a tanto incompleto, mi necesidad de completud, mi movimiento continuo, mi rumbo,
gracias a todos estos ideales baratos de fingir tenerlo todo, yo te beso e intento bailar con el viento.

"El guardián entre el centeno", de J. D. Salinger



en la tienda de corpiños con mamá


Hoy es diferente. Algo ha cambiado algo. Un libro. Me la he pasado leyendo. Hoy salí con mi madre, le he tomado el brazo con orgullo, la he acompañado a preparar el vestido de madrina para el casamiento de mi hermano. La he visto contenta, me he visto contenta. Compramos dos corpiños y una faja para ella. La he visto caminar con el corpiño y la faja nueva por la calle, más erguida, más joven, (incluso nos dimos cuenta mucho después que conservaba todavía la alarma de la prenda que se había dejado puesta.)
Fue todo muy bien.
Es que mi madre estuvo muy enferma. Ahora es mi abuela quien lo está. Se ha muerto a su vez la madre de mi vecina y he escuchado relatos y todas esas cosas que se dicen de estar cerca de la muerte. Yo siempre digo que me gusta tenerla cerca, pero en realidad nunca la he sentido tan a gusto como hasta ahora. Ahora sé que pocos días más así tendré con mi mamá. Ahora se cuadra toda esta emoción del casamiento de su hijo que es al fin su única boda cercana ya que yo nunca me casé. La he tomado del brazo. Comí después una tarta de humita mientras ella se tomaba un café con leche y facturas. Después ha venido a buscarnos mi papá. Le he saludado con el brazo como yo acostumbro teatralizarle el saludo siempre que estoy de buen humor, le he tomado el brazo y le he dicho, parpadeó la luz justo que llegaste y él ha sonreído. Claro que después, al llegar a casa, me ha tocado la puerta y me ha dicho ¿podemos hablar un rato, Karina? Todo fue por la cuenta del teléfono criminal que le ha hecho subir mi hijo quien habla indiscriminadamente a celulares, en fin. Sé que voy a echarlos de menos. Lo sé. Hoy más que he leído y no me siento la misma.

Hoy.
Quizás parezca exagerado, no creo, pero es que me sentí acompañada, me sentí un tanto menos extraña y subversiva que siempre. He leído casi mis propias apreciaciones en el libro, también se lo he contado en la cafetería a mi mamá y me he emocionado, no pude decirle mucho. Evité la sensiblería, claro que ella se dio cuenta y sonrió.
No puede entender quizás mi manera de relacionarme con un libro, no es ni fue gran lectora, nadie en mi familia, a menos que mi tío, quien era el ser más afín a mí, pero que ha muerto hace ya bastante tiempo. Mucho antes de que mi mamá enfermara. Igual ahora está muy bien. Después de esas enfermedades que ella tuvo, se dice que tienen como mucho cinco años más. Yo nunca he tomado esos veredictos de los doctores con seriedad, siempre me pregunto qué pueden saber realmente de ciertas cosas tales como la muerte y eso, además veo a mi mamá muy bien. Ella a veces dramatiza un poco con eso cuando está enojada y se victimiza diciendo: "al menos me quedan 2 años" y yo la cargo y le digo, "ay si, si..." y me voy. No me gusta. Lo hago con extrema inocencia. Lo siento realmente así. No le juego ese juego, puede sonar cruel, pero mi madre ya antes de su enfermedad solía hacerlo con otras cosas y temas y me he acostumbrado a cargarla con eso.
Hoy me puse en su lugar y he pensado que quizás ella no se victimice por lo mismo de antes. Incluso pensé que quizás no se vitimice ni demasiado. Que en cambio yo soy la que debo disfrutarla más, más allá de todo. Hoy he pensado así, después de terminar de leer. Así de tonto y simple me han dado ganas de salir con ella y hacer todas esas cosas que ella disfruta y que yo también puedo disfrutar con ella.
Y lo hice.
Lo hicimos.
En la cafetería le he dicho era un chico, un adolescente que lo habían echado de la escuela y que… (se me llenaron los ojos de lágrimas) corté la tarta de humita, miré hacia la ventana, he seguido. Lo salvó la hermana, la hermana de 10 años, la familia, dije, ahí fue peor. Ya desde la hermana se me había anudado la garganta. Quise seguir, porque no soy así de que me den vergüenza mis emociones, aunque hubiese llorado hubiese podido seguir, pero tuve que callarme. Recordé a mi hermano. Las diferencias con la relación de los hermanos del libro, recordé a mi hermano a punto de casarse, nuestra distancia, que tengo que pensar ideas de tomas para armar un video corto que van a pasar en la fiesta… No pude seguir. Estaba enojada. Mi hermano es un ser que me enoja, con su estructura, su traje, su distancia, todas sus leyes frunciéndole la cabeza, mi hermano menor, se casa y me enoja, ahora me acongoja. No sé. Parezco un ser insulso, tonto, pero me siento bastante bien. Incluso tengo los ojos empañados. Mi hermano...

No pude seguir.

Ese chico del libro pensaba lo que tantas veces pensé, esa necesidad de estar rodeado de actos legítimos que siempre siento. Esa continua desazón con las actitudes de la gente. Ese no saber qué quiero verdaderamente. Sólo una cosa, dime solo una cosa que te guste, le pedía la hermana. Él no sabía qué decirle. Yo a pesar de que hubiese respondido por él, tampoco sabría exactamente qué decir. Me he sentido igual. De ésto no le he hablado a mi mamá. Quizás no he seguido porque no quería preocuparla con estas cosas que yo siempre siento que ella no entiende y que además después se las queda como piedras en el bolsillo. Tampoco entendería la pregunta de los patos. Pero tiene ojos que se le agúan de nada. Es la persona más emocional que he conocido. Eso no es que signifique nada. No. Ni en ella ni en mí. Pero no puede ser malo. Eso seguro. Igual no pude seguir. Le cuento las cosas hasta donde yo creo que puede sobrellevarlas. Así siempre fueron las cosas con mi mamá.

A mí no me gusta caminar con ella demasiado porque es muy lenta y yo soy muy rápida, por ejemplo. Hoy no he pensado ni un sólo momento en eso. Es extraño. Le he dado el brazo. El bracete a la antigua es algo que ella siempre me ha dado y que ya desde la adolescencia le he quitado toda posibilidad de seguirme dando. Me llenaba de vergüenza. Hoy se lo he dado yo. Ella ha inclinado el brazo y me lo ha dejado introducir en el hueco como antes. He sentido el gusto, su placer, su sensación de orgullo y felicidad. Tampoco creo que lo haya sentido como algo trascendental. Pero estuvimos todo el tiempo de maravillas.
Y en la tienda de los corpiños más o menos estuvimos como hora y media. Ella tiene demasiadas manías con la ropa y nunca encuentra todos los requerimientos que necesita en ninguna cosa que busca, cuestión que la deprime y le quita las ganas de salir de compras, conmigo ella siente que todo será un éxito, porque soy más decidida y la animo, y siempre la hago volver con varias cosas que le quedan muy bien. Por eso le encanta que la acompañe.
Dos años es poco o mucho, depende cómo se lo mire, ya sé.

Dos días también, sino se debería de leer "El guardián entre el centeno."

Me he sentido así, como ese adolescente, desde que empecé a distinguir la diferencia que puede haber en las distintas intensidades del tiempo. Igual. Ya no estoy sola. Alguien más siente lo que yo siento. Y soy un ser mejor. Hoy pude ser mejor. Porque sí, no por obligación. Lo he sentido bonito y lo he disfrutado.

Después lo del teléfono de mi hijo claro que me molestó y que me tuve que poner dura otra vez y le saqué el celular y ahora duerme. Siempre que se angustia, duerme, se va a dormir. Es terriblemente negador. Si no se puede ir a la casa de mis padres, se va a dormir. Es que vivimos al lado. Actualmente vivimos al lado, ellos adelante y nosotros por detrás de un largo pasillo que pasa por la ventana de su cocina y la puerta trasera de su casa. Para mi hijo irse de ellos es como irse al patio, de hecho ellos tienen un gran patio.

Es difícil contar una historia. Una impresión de algo o alguien.

Cada cosa abarca un mundo tan infinitamente inmenso que casi nada se puede decir sin que algo lo lleve de un lado a otro a uno. Una cosa a la otra. Un libro a mi madre, mi madre a mi abuela, mi abuela a mi padre, mi padre a mi hijo, mi hijo a mi hermano, mi hermano a mí y así en círculo incluyendo y recluyendo a otros personajes. Los tres hemos sido madre, padre y abuelos de él. Tampoco puedo culparlo. Ni a mí. Ni a ellos. Ni siquiera lo lamento. No lamento nada. Sólo festejo haber leído ese libro. Haber salido hoy con madre, haberla hecho reír y haberme sacado esta condenada necesidad de sentirme comprendida inútilmente siempre. Hoy me la he sacado. Alguien ha sentido lo mismo y lo ha dicho maravillosamente. Quizás suene estúpido, igual no me importa, pero hoy sé que lo único que importa son los grandes afectos. Que sólo hay que preocuparse de esas cosas. Y que voy a extrañarla mucho cuando no esté. No es que no lo haya sentido de antes, pero me hizo bien tomar conciencia, no sabría cómo explicarlo. No digo que haya sido la madre perfecta ni todas esas estupideces, ni nada, sino que hoy comencé a oler esa posible falta de un modo distinto. Me alegro de poder escribir ésto mientras esté todavía viva. Claro que podría morirme yo mañana, pero es que quizás empiezo a valorar pequeñas cosas, al fin.
Sólo eso.
Mamá, te quiero.
Me brota así, gracias al libro. No entiendo bien por qué. Sólo eso. Mi mamá ha hecho grandes pequeñas cosas por mí. Siempre. Yo le he quitado importancia. Soy muy distinta madre. Quizás peor, quizás mejor, no importa. Muchas veces me he avergonzado de ella. Es un sentimiento horrible, ¿pero a quien no le ha pasado en algún momento? Es horrible. Uno se siente de cama. Trata de evitar cierta cosa, cierta tal otra. Muchas veces me he sentido juzgada sólo con su mirada, con el más mínimo comentario, de nada más verla acostada en una hora que no es la habitual y saber que era yo la famosa causante y que mi padre me mire con ojos de prostituta has llegado, como si fuese el mismísimo Judas y yo no darme ni por aludida. A mí eso nunca me gustó. Y sé que tiendo a victimizarme igual que ella. Pero me combato. Veré qué puedo hacer, en fin. La quiero. Como es. Hoy hemos paseado juntas. ¿Quien me lo puede quitar? Es así de simple. Hoy he leído "El guardián entre el centeno". Lo he devorado. Lo he bajado por Internet y me ha entrado un virus que me reseteaba la máquina cada vez más seguido. Volvía a encenderla y lo seguía. No me importaba que hubiese explotado. No me importaba otra cosa que seguir. Sigo pensando igual incluso ahora que tengo problemas con la conexión. Cuando algo es necesario y cae en el momento justo hay que saber notarlo. Lo he notado y me siento bien.

Coleccionistas de obsesiones


Antes, los boletos de colectivo tenían rayas de colores y números hasta de cinco cifras.
La mayoría de la gente esperaba sacar un número capicúa como señal de buena suerte y era común verlos en algunas billeteras, o adentro de algún libro. Igual que con los tréboles de cuatro hojas.
Mi papá empezó a juntarlos un día.
De repente se le dio por querer juntar los 99.999 números y mi mamá se le sumó. Al poco tiempo varias personas le estaban entregando una bolsa semanal llena de boletos.
Al principio me costó acostumbrarme a guardarlos. Tenía el reflejo de fijarme si eran capicúa, el de sumar los dígitos para jugar a un juego de horóscopo amoroso y después el de tirarlos. Pero el reflejo se fue corrigiendo a medida de que cuando llegaba a mi casa empezaba a verlos ordenar numéricamente docenas de bolsas que iban recolectando desde diferentes sectores aliados: alumnos de mi mamá, preceptores, profesores, familiares, vecinos, amigos, mi hermano, conocidos de cualquiera de los nombrados, en fin, no hubo quien no entregase su aporte semanal.
A la hora de la cena, la mesa de la cocina resultaba estar completamente llena de boletos aplazando la comida por horas, mientras, todo un operativo organizadamente los aplanaba con un juego de manos, los clasificaba numéricamente con otro, los pegaba al cuaderno con un tercero y si había un cuarto o más, doblaba filas en el alisado o la clasificación.
Creo que mi colaboración tenía más que ver con el hambre que con una ayuda sincera. Yo no le veía sentido.
Asistía a un proceso que crecía día a día en implicados y en boletos sin la excitación normal que había en la familia, pero parecía ser la única que por sentirlo no lo disfrutaba enteramente.
Les preguntaba, -¿Pero para qué los juntan?
Me decían -y… para juntar.
No había razón.

Sobre el final era bastante difícil el tema de agregar los que faltaban porque el 89% de los números eran repetidos y la cuestión pasaba por revisar parvas y parvas para sólo agregar unos pocos. Al principio todo estaba por pegar y el trabajo era arduo pero se avanzaba rápido, después, el trabajo era igual de arduo pero casi no se notaba.
El lado apasionante era dar vuelta las hojas y admirar las carillas llenas y de tanto en tanto ver los espacios en blanco y más ansiar llenarlos. Cuando alguno encajaba en algún hueco era un festejo general, un griterío de alegría sincera, hasta que empezaron a faltar unos pocos.
Los recordábamos de memoria.
No había vez que mi padre no se agachara en cualquier parte a recoger un boleto ni aunque estuviese mojado o todo sucio, pero la desazón era constante y seguían faltando once.
Era muy difícil conseguirlos.
Yo dejé de preguntarme por el sentido, lo mío ya era admiración y entrega total.
Empezamos a averiguar dónde es que se podían conseguir esos números, si se podían quien sabe comprar en la Terminal, o a otras personas como nosotros y aunque no fue fácil ni rápido, encontramos el negocio que los vendía.

Al poco tiempo los boletos salieron de circulación, cambiaron de formato y pasaron a ser blancos.
El negocio quedaba cerca pero nunca se compraron.
Los cuadernos arte con la colección casi llena prolijamente pegada carilla por carilla, se guardan en la cocina y pocas veces fueron mostrados o admirados nuevamente por alguno de nosotros, aunque son como trofeos.
Nunca nos importaron los números faltantes creo que porque nunca los dejamos de buscar.
Una vez que los boletos salieron de circulación los once faltantes se convirtieron en huecos sin importancia arrollados por la fuerza de la victoria. Al fin y al cabo el único móvil era el desafío y cuando éste dejó de ocurrir, mi mamá empezó a juntar tapitas, para una silla de ruedas.
Aunque antes decidió completar la clasificación por países, de los 12 kilos de monedas que había juntado en un álbum bordó.
No sin antes acabar el índice temático de cada una de las páginas de la colección de los cinco años de la revista Clarín que se encontraba apilada en la sala, cosa que más o menos le costó unos dos años y varias cenas aplazadas por la parva de revistas que invadían la mesa.
Hoy, después de tanto tiempo, me sorprendo de la insistencia de mi pregunta del para qué.
Claro que entiendo por qué lo hicieron, es un acto perfectamente inútil que sirve para crear lazos y eso es lo que era juntar boletos, como juntar monedas o tapitas o revistas, actos que matan el tiempo con otros y fundan poéticas de triunfos o de fracasos.
¿Qué otra cosa podría ser la vida?

















Nota: Actualmente mi madre, recién acabada de pasar la colección de cintas super 8 a dvd, se encuentra recaudando información para elaborar un exhaustivo árbol genealógico sin usar Internet porque no sabe. A todos lados lleva una birome y pregunta los datos que cada uno recuerda acerca de sus antepasados.

El charco

Voy a contar lo de ese día en primer grado.
Iba al turno tarde, recién empezaban las clases, yo no había ido al jardín y estaba encantada con la blancura de mi guardapolvo a tablitas, había sol.
Me sentaba con un chico que se llamaba Alejandro Varela, que al poco tiempo se cambió de colegio. Lo recuerdo perfectamente, rubio, alto, flaco, callado, tímido, como casi todos, primeros días con la señorita Marta, rubia, arreglada, voz grave, apacible, mediana edad, muy madraza. La adoraba.
Era la última hora después del último recreo, los chicos estaban se ve que sobrecansados, todo un griterío general, lleno de transeúntes sin semáforos, yendo y viniendo, pidiendo, peleando, encimándose a la maestra, cargoseando, todo normal, hasta que la señorita se cansa, colapsa y dice “todos sentados, nadie más va al baño, se acabó”.
Faltaban más o menos quince minutos para irnos. Yo hinchada de ganas de hacer pis, me aguanto.
Estaba sentada en la fila del medio, había tres, en la del medio y al medio, pleno centro sentada yo con Alejandro Varela.
Todos mudos de pronto, todos sentados, se dejan de deambular y se sientan ante el enojo sobreactuado de la maestra, silencio.
Yo, que ya desde antes estaba quieta, desde el primer día me parece, siempre obediente, nunca le había pedido nada todavía creo que a nadie, me veo en la bochornosa disyuntiva de no saber cómo hacer para aguantarme.
El silencio seguía, la maestra corregía, tenía esperanzas. Sabía que faltaba poco para que tocase la campana. Me daba ánimo, hacía fuerza, pero ya se sabe que todo eso se sostiene y hasta un punto.
Creo que empecé a sentir las ganas cuando dijo que no se podía ir más, que fue automático. Ni siquiera pensé en preguntarle, parecía amputada de esa opción. La cosa era aguantar hasta la campana o la muerte, más o menos. Seguía el silencio.
Alejandro Varela más callado que nadie. La maestra disfrutaba la calma que había logrado con su punto final. Nadie preguntaba nada, estaban todos quietos y se ve que pudiendo aguantarse lo que sea, yo no. Llena de vergüenza pero tranquila de haber hecho todo lo posible por no hacerlo empiezo a formar el charco, con la calma del que no tiene opción.
Ni siquiera tenía pelo para resguardarme la cara, tenía colita. Toda mi piel incinerada de calor y el sonido acuoso chocando en hilito contra el piso y crece el charco.
Siento la evacuación aliviadora creciendo junto con mi vergüenza, la ataco.
En mi ingenuidad mi piecito disfrazado con un mocasín femenino de hebillita sobre el empeine, se balanceaba hacia Alejandro Varela.
Mi plan era pasarle el charco para su lado, ingenua. No miraba hacia abajo, puesto que eso podía delatarme, sólo balanceaba el mocasín hacia la derecha con la esperanza de transferir la evidencia completa hacia su lado.
En ese momento pensar en el guardapolvo todo mojado era rotundamente secundario. Me había animado a echarle una mirada y era un lago grotesco, inmenso, rebalsado de la fila de los bancos, justo debajo mío, sin duda alguna de que era mío, pero recién hecho.
Sigo el trabajo con el pie.
Recuerdo que aunque quería dispersar la atención de los otros, eché una mirada hacia atrás para saber si me estaban viendo y que me puse colorada. Silencio, fe, esfuerzo, un calor tremendo y con la sensación de la mirada disimulada de Alejandro Varela sobre mi oreja picándome como un bicho, sigo sin apoyar del todo el zapato en el charco, con movimientos disimulados, sin querer llamar la atención, hasta que agotada, me parece suficiente y miro para abajo.
La decepción absoluta de verlo exactamente igual que desde el primer vistazo, se me clavó como una cuchillada. Estoy acabada, pensé, seguía todo abajo mío y de mi lado, quizás más extendido.
La desazón con la que miré al pie que me simbolizaba entera, fue infinita.
Soporté la vergüenza, el olor, la mirada de reojo de Alejandro Varela y la de vaya a saber cuántos más, con los ojos fijos al pizarrón, con la cara enrojecida por el calor de la tarde negra, hasta que al final la maestra lo vio.
Algo le raptó la atención de sus cuadernos y le alzó la mirada apuntando directo hacia el charco, abrió los ojos y me dijo: ¡¿Pero cómo no pediste ir al baño karina?!
Si alguien todavía no se había enterado, la maestra lo dejaba clarísimo.
Todos me miraron, todos vieron el charco.
Humilladamente desconcertada de haber hecho mal por haber hecho caso, me siento culpable por obediente y no lo olvido más.