lunes, 5 de abril de 2010

Coleccionistas de obsesiones


Antes, los boletos de colectivo tenían rayas de colores y números hasta de cinco cifras.
La mayoría de la gente esperaba sacar un número capicúa como señal de buena suerte y era común verlos en algunas billeteras, o adentro de algún libro. Igual que con los tréboles de cuatro hojas.
Mi papá empezó a juntarlos un día.
De repente se le dio por querer juntar los 99.999 números y mi mamá se le sumó. Al poco tiempo varias personas le estaban entregando una bolsa semanal llena de boletos.
Al principio me costó acostumbrarme a guardarlos. Tenía el reflejo de fijarme si eran capicúa, el de sumar los dígitos para jugar a un juego de horóscopo amoroso y después el de tirarlos. Pero el reflejo se fue corrigiendo a medida de que cuando llegaba a mi casa empezaba a verlos ordenar numéricamente docenas de bolsas que iban recolectando desde diferentes sectores aliados: alumnos de mi mamá, preceptores, profesores, familiares, vecinos, amigos, mi hermano, conocidos de cualquiera de los nombrados, en fin, no hubo quien no entregase su aporte semanal.
A la hora de la cena, la mesa de la cocina resultaba estar completamente llena de boletos aplazando la comida por horas, mientras, todo un operativo organizadamente los aplanaba con un juego de manos, los clasificaba numéricamente con otro, los pegaba al cuaderno con un tercero y si había un cuarto o más, doblaba filas en el alisado o la clasificación.
Creo que mi colaboración tenía más que ver con el hambre que con una ayuda sincera. Yo no le veía sentido.
Asistía a un proceso que crecía día a día en implicados y en boletos sin la excitación normal que había en la familia, pero parecía ser la única que por sentirlo no lo disfrutaba enteramente.
Les preguntaba, -¿Pero para qué los juntan?
Me decían -y… para juntar.
No había razón.

Sobre el final era bastante difícil el tema de agregar los que faltaban porque el 89% de los números eran repetidos y la cuestión pasaba por revisar parvas y parvas para sólo agregar unos pocos. Al principio todo estaba por pegar y el trabajo era arduo pero se avanzaba rápido, después, el trabajo era igual de arduo pero casi no se notaba.
El lado apasionante era dar vuelta las hojas y admirar las carillas llenas y de tanto en tanto ver los espacios en blanco y más ansiar llenarlos. Cuando alguno encajaba en algún hueco era un festejo general, un griterío de alegría sincera, hasta que empezaron a faltar unos pocos.
Los recordábamos de memoria.
No había vez que mi padre no se agachara en cualquier parte a recoger un boleto ni aunque estuviese mojado o todo sucio, pero la desazón era constante y seguían faltando once.
Era muy difícil conseguirlos.
Yo dejé de preguntarme por el sentido, lo mío ya era admiración y entrega total.
Empezamos a averiguar dónde es que se podían conseguir esos números, si se podían quien sabe comprar en la Terminal, o a otras personas como nosotros y aunque no fue fácil ni rápido, encontramos el negocio que los vendía.

Al poco tiempo los boletos salieron de circulación, cambiaron de formato y pasaron a ser blancos.
El negocio quedaba cerca pero nunca se compraron.
Los cuadernos arte con la colección casi llena prolijamente pegada carilla por carilla, se guardan en la cocina y pocas veces fueron mostrados o admirados nuevamente por alguno de nosotros, aunque son como trofeos.
Nunca nos importaron los números faltantes creo que porque nunca los dejamos de buscar.
Una vez que los boletos salieron de circulación los once faltantes se convirtieron en huecos sin importancia arrollados por la fuerza de la victoria. Al fin y al cabo el único móvil era el desafío y cuando éste dejó de ocurrir, mi mamá empezó a juntar tapitas, para una silla de ruedas.
Aunque antes decidió completar la clasificación por países, de los 12 kilos de monedas que había juntado en un álbum bordó.
No sin antes acabar el índice temático de cada una de las páginas de la colección de los cinco años de la revista Clarín que se encontraba apilada en la sala, cosa que más o menos le costó unos dos años y varias cenas aplazadas por la parva de revistas que invadían la mesa.
Hoy, después de tanto tiempo, me sorprendo de la insistencia de mi pregunta del para qué.
Claro que entiendo por qué lo hicieron, es un acto perfectamente inútil que sirve para crear lazos y eso es lo que era juntar boletos, como juntar monedas o tapitas o revistas, actos que matan el tiempo con otros y fundan poéticas de triunfos o de fracasos.
¿Qué otra cosa podría ser la vida?

















Nota: Actualmente mi madre, recién acabada de pasar la colección de cintas super 8 a dvd, se encuentra recaudando información para elaborar un exhaustivo árbol genealógico sin usar Internet porque no sabe. A todos lados lleva una birome y pregunta los datos que cada uno recuerda acerca de sus antepasados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario