lunes, 5 de abril de 2010

El charco

Voy a contar lo de ese día en primer grado.
Iba al turno tarde, recién empezaban las clases, yo no había ido al jardín y estaba encantada con la blancura de mi guardapolvo a tablitas, había sol.
Me sentaba con un chico que se llamaba Alejandro Varela, que al poco tiempo se cambió de colegio. Lo recuerdo perfectamente, rubio, alto, flaco, callado, tímido, como casi todos, primeros días con la señorita Marta, rubia, arreglada, voz grave, apacible, mediana edad, muy madraza. La adoraba.
Era la última hora después del último recreo, los chicos estaban se ve que sobrecansados, todo un griterío general, lleno de transeúntes sin semáforos, yendo y viniendo, pidiendo, peleando, encimándose a la maestra, cargoseando, todo normal, hasta que la señorita se cansa, colapsa y dice “todos sentados, nadie más va al baño, se acabó”.
Faltaban más o menos quince minutos para irnos. Yo hinchada de ganas de hacer pis, me aguanto.
Estaba sentada en la fila del medio, había tres, en la del medio y al medio, pleno centro sentada yo con Alejandro Varela.
Todos mudos de pronto, todos sentados, se dejan de deambular y se sientan ante el enojo sobreactuado de la maestra, silencio.
Yo, que ya desde antes estaba quieta, desde el primer día me parece, siempre obediente, nunca le había pedido nada todavía creo que a nadie, me veo en la bochornosa disyuntiva de no saber cómo hacer para aguantarme.
El silencio seguía, la maestra corregía, tenía esperanzas. Sabía que faltaba poco para que tocase la campana. Me daba ánimo, hacía fuerza, pero ya se sabe que todo eso se sostiene y hasta un punto.
Creo que empecé a sentir las ganas cuando dijo que no se podía ir más, que fue automático. Ni siquiera pensé en preguntarle, parecía amputada de esa opción. La cosa era aguantar hasta la campana o la muerte, más o menos. Seguía el silencio.
Alejandro Varela más callado que nadie. La maestra disfrutaba la calma que había logrado con su punto final. Nadie preguntaba nada, estaban todos quietos y se ve que pudiendo aguantarse lo que sea, yo no. Llena de vergüenza pero tranquila de haber hecho todo lo posible por no hacerlo empiezo a formar el charco, con la calma del que no tiene opción.
Ni siquiera tenía pelo para resguardarme la cara, tenía colita. Toda mi piel incinerada de calor y el sonido acuoso chocando en hilito contra el piso y crece el charco.
Siento la evacuación aliviadora creciendo junto con mi vergüenza, la ataco.
En mi ingenuidad mi piecito disfrazado con un mocasín femenino de hebillita sobre el empeine, se balanceaba hacia Alejandro Varela.
Mi plan era pasarle el charco para su lado, ingenua. No miraba hacia abajo, puesto que eso podía delatarme, sólo balanceaba el mocasín hacia la derecha con la esperanza de transferir la evidencia completa hacia su lado.
En ese momento pensar en el guardapolvo todo mojado era rotundamente secundario. Me había animado a echarle una mirada y era un lago grotesco, inmenso, rebalsado de la fila de los bancos, justo debajo mío, sin duda alguna de que era mío, pero recién hecho.
Sigo el trabajo con el pie.
Recuerdo que aunque quería dispersar la atención de los otros, eché una mirada hacia atrás para saber si me estaban viendo y que me puse colorada. Silencio, fe, esfuerzo, un calor tremendo y con la sensación de la mirada disimulada de Alejandro Varela sobre mi oreja picándome como un bicho, sigo sin apoyar del todo el zapato en el charco, con movimientos disimulados, sin querer llamar la atención, hasta que agotada, me parece suficiente y miro para abajo.
La decepción absoluta de verlo exactamente igual que desde el primer vistazo, se me clavó como una cuchillada. Estoy acabada, pensé, seguía todo abajo mío y de mi lado, quizás más extendido.
La desazón con la que miré al pie que me simbolizaba entera, fue infinita.
Soporté la vergüenza, el olor, la mirada de reojo de Alejandro Varela y la de vaya a saber cuántos más, con los ojos fijos al pizarrón, con la cara enrojecida por el calor de la tarde negra, hasta que al final la maestra lo vio.
Algo le raptó la atención de sus cuadernos y le alzó la mirada apuntando directo hacia el charco, abrió los ojos y me dijo: ¡¿Pero cómo no pediste ir al baño karina?!
Si alguien todavía no se había enterado, la maestra lo dejaba clarísimo.
Todos me miraron, todos vieron el charco.
Humilladamente desconcertada de haber hecho mal por haber hecho caso, me siento culpable por obediente y no lo olvido más.

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