lunes, 5 de abril de 2010

La chica del pop corn


Anoche la chica que fue sola al cine hizo la cola de los pop corn y se compró la caja gigante. Después se puso en la cola para entrar. Tenía pollera cuadriculada, un gamulán colgado del antebrazo y una carterita gris. Iba comiéndolos mientras. Llegado su turno, el tipo le pidió las entradas y ella le extendió el ticket de los pop corn, el hombre le dijo que esa no era la entrada y entonces empezó a buscar en la carterita con esfuerzo. Si se inclinaba mucho hacia un lado los pop corns se le caían en manada hacia el otro y en la carterita no apareció. Tuvo que inspeccionarse los bolsillos, metió la derecha en el de la pollera y zarandeó la mano nerviosa y nada. El hombre le quitó la vista apurándola, mirando al resto de la cola que se ponía inquieta ante la detención. Siguió la chica con los bolsillos del saquito de lana, primero el de la izquierda, la introducción de la mano como manipulando un títere de guante y nada, los pop corn cayendo en catarata hacia los pies del señor.

Ahora todo un pase de brazos del gamulán y los pop corn hacia el flanco izquierdo para revisar los bolsillos derechos y los pochoclos compensando la superficie del suelo lisa circundando ahora parejos la zona en semicírculo. La mano acalorada manoseando los agujeros, cada introducción mínima en la que podría haberse atascado el delgado cartoncito blanco, el hombre “córrase mientras busca para que sigan pasando”.

Sigue el manoseo, siguen los souvenires blancos regando su paso, se siente el murmullo de impaciencia, la mirada general sobre su nuca sellándola con el rótulo de “la que no encuentra”, la sospecha, el aire acondicionado alto, el calor también sospechando. Cada tanto un puñado de pochoclos a la boca, en señal de resarcimiento por el detestable momento, los kilos de más que no importan, que se deciden a mostrarse igual, el remis tomado desde Burzaco, los tres meses de encerramiento forzoso depresivo, los bolsillos vueltos a agrandar de la fuerza salvaje con la que introducía la manopla desesperanzada, la reconstrucción mental de los hechos de lo que podría haber pasado, la revisión del dinero, el vuelto, la memoria del billete con el que pagó, desplegados sobre la pequeña superficie de mano liberada del pop corn. La nada, la nada blanca, chorreada de pochoclo succionado con gusto a billete para no acrecentar el propio deshecho, la coca que olvidó comprar y ahora extraña con necesidad superlativa, la gotita que asomaba a la frente, la cola casi terminada, el atrancamiento de la uña que se le acababa de partir junto al medio punto del bolsillo del saquito de lana, la sensación de engancharla y remarcarla en cada confín de cosa que tanteara y la cola llegada a su fin. La entrada no aparecida.

La mirada inclemente del hombre de las entradas, para ella hiriente, insultante, prejuiciosa.
"No lo encuentro", le dice y sube sus ojos verdes insertados en el centro de sus mejillas visiblemente ruborizadas hacia la autoridad como pidiéndole ayuda "es que me cuesta buscar con ésto en la mano."
El hombre mudo, calla, piensa que su cigarrillo afuera se demora por la “resagada”, ni se le cruza ofrecer sostenerle la caja.

La chica advierte que estará sola en ésto, se aleja hasta una mesa, apoya los pop corn y con la calma que deviene a la tensión mayor ya consumada, lamentando tener que haberse perdido seguramente las publicidades que hacía tanto no miraba, incluso con la incertidumbre de si la película habrá empezado o no, rebusca de nuevo sobre cada abertura, pispea de reojo al hombre al que juzga como un grandísimo perro con ojos de aguado rencor, pero la entrada no se deja ver y desahuciada renuncia un momento en perfecto stop.

El hombre al verla quieta siente su mirada implorando dejarla pasar igual pero sale hacia fuera buscando en su bolsillo el atado de puchos.

La chica con los ojos fijos en el lugar que la ausencia del tipo dejaba al lado del palo plateado con el cordón grueso escoltando la urna de las entradas, suspira la injusticia y se lleva un puñado de pop corns a la boca. Por supuesto que entre sus fantasías desfiló la idea de clavarle una daga en algún costado fofo al maldito hombre, pero se podría decir que abundaron más las imágenes melancólicas y victimistas que tuvo de sí, una especie de auto presagio maligno le decía, cual Chuqui amigo invisible, aquí tienes por salir, te dije que no la ibas a pasar bien sola. El mundo no favorece a las gordas. La juventud y la delgadez arrancan actos caballerescos y si hubieses respetado la dieta que no supiste cumplir, aún teniendo 30 te hubiese dejado pasar, pero no. Más pop corns a la boca, otra bocanada de suspiro injusto, resignado… Ahora vuelves sin el poco dinero que tenías y con la dignidad machucada, acá traes el resumen de tu diversión.
Entrecerró los párpados.

Le vino la imagen del subte sentada a su lado con su cara más feliz y la risa congénita, allá lejos en el tiempo, antes de que su angustia la hubiese atrincherado en su monoambiente de Burzaco con la heladera cargada. Entre todas las porquerías con las que se había reencontrado tratando de dar con la entrada estaba la tarjeta magnética de metrovías, esa que nunca más usó después de aquel viaje que fue el último instante feliz que vivió. Los abrió rápido para evitar el suicidio.
Una cólera súbita le ascendió por la columna en señal de defensa. Torció la cabeza hacia el tipo que estaba ya afuera fumando con su compañero olvidado del asunto y que al sonreír dejaba entrever un diente completamente plateado. Se levantó directamente hacia él, abrió la puerta de vidrio y se le colocó en su frente, le arrojó el paquete completo de pop corns sobre la cara y le dijo vete a la mierda.

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