lunes, 5 de abril de 2010

"El guardián entre el centeno", de J. D. Salinger



en la tienda de corpiños con mamá


Hoy es diferente. Algo ha cambiado algo. Un libro. Me la he pasado leyendo. Hoy salí con mi madre, le he tomado el brazo con orgullo, la he acompañado a preparar el vestido de madrina para el casamiento de mi hermano. La he visto contenta, me he visto contenta. Compramos dos corpiños y una faja para ella. La he visto caminar con el corpiño y la faja nueva por la calle, más erguida, más joven, (incluso nos dimos cuenta mucho después que conservaba todavía la alarma de la prenda que se había dejado puesta.)
Fue todo muy bien.
Es que mi madre estuvo muy enferma. Ahora es mi abuela quien lo está. Se ha muerto a su vez la madre de mi vecina y he escuchado relatos y todas esas cosas que se dicen de estar cerca de la muerte. Yo siempre digo que me gusta tenerla cerca, pero en realidad nunca la he sentido tan a gusto como hasta ahora. Ahora sé que pocos días más así tendré con mi mamá. Ahora se cuadra toda esta emoción del casamiento de su hijo que es al fin su única boda cercana ya que yo nunca me casé. La he tomado del brazo. Comí después una tarta de humita mientras ella se tomaba un café con leche y facturas. Después ha venido a buscarnos mi papá. Le he saludado con el brazo como yo acostumbro teatralizarle el saludo siempre que estoy de buen humor, le he tomado el brazo y le he dicho, parpadeó la luz justo que llegaste y él ha sonreído. Claro que después, al llegar a casa, me ha tocado la puerta y me ha dicho ¿podemos hablar un rato, Karina? Todo fue por la cuenta del teléfono criminal que le ha hecho subir mi hijo quien habla indiscriminadamente a celulares, en fin. Sé que voy a echarlos de menos. Lo sé. Hoy más que he leído y no me siento la misma.

Hoy.
Quizás parezca exagerado, no creo, pero es que me sentí acompañada, me sentí un tanto menos extraña y subversiva que siempre. He leído casi mis propias apreciaciones en el libro, también se lo he contado en la cafetería a mi mamá y me he emocionado, no pude decirle mucho. Evité la sensiblería, claro que ella se dio cuenta y sonrió.
No puede entender quizás mi manera de relacionarme con un libro, no es ni fue gran lectora, nadie en mi familia, a menos que mi tío, quien era el ser más afín a mí, pero que ha muerto hace ya bastante tiempo. Mucho antes de que mi mamá enfermara. Igual ahora está muy bien. Después de esas enfermedades que ella tuvo, se dice que tienen como mucho cinco años más. Yo nunca he tomado esos veredictos de los doctores con seriedad, siempre me pregunto qué pueden saber realmente de ciertas cosas tales como la muerte y eso, además veo a mi mamá muy bien. Ella a veces dramatiza un poco con eso cuando está enojada y se victimiza diciendo: "al menos me quedan 2 años" y yo la cargo y le digo, "ay si, si..." y me voy. No me gusta. Lo hago con extrema inocencia. Lo siento realmente así. No le juego ese juego, puede sonar cruel, pero mi madre ya antes de su enfermedad solía hacerlo con otras cosas y temas y me he acostumbrado a cargarla con eso.
Hoy me puse en su lugar y he pensado que quizás ella no se victimice por lo mismo de antes. Incluso pensé que quizás no se vitimice ni demasiado. Que en cambio yo soy la que debo disfrutarla más, más allá de todo. Hoy he pensado así, después de terminar de leer. Así de tonto y simple me han dado ganas de salir con ella y hacer todas esas cosas que ella disfruta y que yo también puedo disfrutar con ella.
Y lo hice.
Lo hicimos.
En la cafetería le he dicho era un chico, un adolescente que lo habían echado de la escuela y que… (se me llenaron los ojos de lágrimas) corté la tarta de humita, miré hacia la ventana, he seguido. Lo salvó la hermana, la hermana de 10 años, la familia, dije, ahí fue peor. Ya desde la hermana se me había anudado la garganta. Quise seguir, porque no soy así de que me den vergüenza mis emociones, aunque hubiese llorado hubiese podido seguir, pero tuve que callarme. Recordé a mi hermano. Las diferencias con la relación de los hermanos del libro, recordé a mi hermano a punto de casarse, nuestra distancia, que tengo que pensar ideas de tomas para armar un video corto que van a pasar en la fiesta… No pude seguir. Estaba enojada. Mi hermano es un ser que me enoja, con su estructura, su traje, su distancia, todas sus leyes frunciéndole la cabeza, mi hermano menor, se casa y me enoja, ahora me acongoja. No sé. Parezco un ser insulso, tonto, pero me siento bastante bien. Incluso tengo los ojos empañados. Mi hermano...

No pude seguir.

Ese chico del libro pensaba lo que tantas veces pensé, esa necesidad de estar rodeado de actos legítimos que siempre siento. Esa continua desazón con las actitudes de la gente. Ese no saber qué quiero verdaderamente. Sólo una cosa, dime solo una cosa que te guste, le pedía la hermana. Él no sabía qué decirle. Yo a pesar de que hubiese respondido por él, tampoco sabría exactamente qué decir. Me he sentido igual. De ésto no le he hablado a mi mamá. Quizás no he seguido porque no quería preocuparla con estas cosas que yo siempre siento que ella no entiende y que además después se las queda como piedras en el bolsillo. Tampoco entendería la pregunta de los patos. Pero tiene ojos que se le agúan de nada. Es la persona más emocional que he conocido. Eso no es que signifique nada. No. Ni en ella ni en mí. Pero no puede ser malo. Eso seguro. Igual no pude seguir. Le cuento las cosas hasta donde yo creo que puede sobrellevarlas. Así siempre fueron las cosas con mi mamá.

A mí no me gusta caminar con ella demasiado porque es muy lenta y yo soy muy rápida, por ejemplo. Hoy no he pensado ni un sólo momento en eso. Es extraño. Le he dado el brazo. El bracete a la antigua es algo que ella siempre me ha dado y que ya desde la adolescencia le he quitado toda posibilidad de seguirme dando. Me llenaba de vergüenza. Hoy se lo he dado yo. Ella ha inclinado el brazo y me lo ha dejado introducir en el hueco como antes. He sentido el gusto, su placer, su sensación de orgullo y felicidad. Tampoco creo que lo haya sentido como algo trascendental. Pero estuvimos todo el tiempo de maravillas.
Y en la tienda de los corpiños más o menos estuvimos como hora y media. Ella tiene demasiadas manías con la ropa y nunca encuentra todos los requerimientos que necesita en ninguna cosa que busca, cuestión que la deprime y le quita las ganas de salir de compras, conmigo ella siente que todo será un éxito, porque soy más decidida y la animo, y siempre la hago volver con varias cosas que le quedan muy bien. Por eso le encanta que la acompañe.
Dos años es poco o mucho, depende cómo se lo mire, ya sé.

Dos días también, sino se debería de leer "El guardián entre el centeno."

Me he sentido así, como ese adolescente, desde que empecé a distinguir la diferencia que puede haber en las distintas intensidades del tiempo. Igual. Ya no estoy sola. Alguien más siente lo que yo siento. Y soy un ser mejor. Hoy pude ser mejor. Porque sí, no por obligación. Lo he sentido bonito y lo he disfrutado.

Después lo del teléfono de mi hijo claro que me molestó y que me tuve que poner dura otra vez y le saqué el celular y ahora duerme. Siempre que se angustia, duerme, se va a dormir. Es terriblemente negador. Si no se puede ir a la casa de mis padres, se va a dormir. Es que vivimos al lado. Actualmente vivimos al lado, ellos adelante y nosotros por detrás de un largo pasillo que pasa por la ventana de su cocina y la puerta trasera de su casa. Para mi hijo irse de ellos es como irse al patio, de hecho ellos tienen un gran patio.

Es difícil contar una historia. Una impresión de algo o alguien.

Cada cosa abarca un mundo tan infinitamente inmenso que casi nada se puede decir sin que algo lo lleve de un lado a otro a uno. Una cosa a la otra. Un libro a mi madre, mi madre a mi abuela, mi abuela a mi padre, mi padre a mi hijo, mi hijo a mi hermano, mi hermano a mí y así en círculo incluyendo y recluyendo a otros personajes. Los tres hemos sido madre, padre y abuelos de él. Tampoco puedo culparlo. Ni a mí. Ni a ellos. Ni siquiera lo lamento. No lamento nada. Sólo festejo haber leído ese libro. Haber salido hoy con madre, haberla hecho reír y haberme sacado esta condenada necesidad de sentirme comprendida inútilmente siempre. Hoy me la he sacado. Alguien ha sentido lo mismo y lo ha dicho maravillosamente. Quizás suene estúpido, igual no me importa, pero hoy sé que lo único que importa son los grandes afectos. Que sólo hay que preocuparse de esas cosas. Y que voy a extrañarla mucho cuando no esté. No es que no lo haya sentido de antes, pero me hizo bien tomar conciencia, no sabría cómo explicarlo. No digo que haya sido la madre perfecta ni todas esas estupideces, ni nada, sino que hoy comencé a oler esa posible falta de un modo distinto. Me alegro de poder escribir ésto mientras esté todavía viva. Claro que podría morirme yo mañana, pero es que quizás empiezo a valorar pequeñas cosas, al fin.
Sólo eso.
Mamá, te quiero.
Me brota así, gracias al libro. No entiendo bien por qué. Sólo eso. Mi mamá ha hecho grandes pequeñas cosas por mí. Siempre. Yo le he quitado importancia. Soy muy distinta madre. Quizás peor, quizás mejor, no importa. Muchas veces me he avergonzado de ella. Es un sentimiento horrible, ¿pero a quien no le ha pasado en algún momento? Es horrible. Uno se siente de cama. Trata de evitar cierta cosa, cierta tal otra. Muchas veces me he sentido juzgada sólo con su mirada, con el más mínimo comentario, de nada más verla acostada en una hora que no es la habitual y saber que era yo la famosa causante y que mi padre me mire con ojos de prostituta has llegado, como si fuese el mismísimo Judas y yo no darme ni por aludida. A mí eso nunca me gustó. Y sé que tiendo a victimizarme igual que ella. Pero me combato. Veré qué puedo hacer, en fin. La quiero. Como es. Hoy hemos paseado juntas. ¿Quien me lo puede quitar? Es así de simple. Hoy he leído "El guardián entre el centeno". Lo he devorado. Lo he bajado por Internet y me ha entrado un virus que me reseteaba la máquina cada vez más seguido. Volvía a encenderla y lo seguía. No me importaba que hubiese explotado. No me importaba otra cosa que seguir. Sigo pensando igual incluso ahora que tengo problemas con la conexión. Cuando algo es necesario y cae en el momento justo hay que saber notarlo. Lo he notado y me siento bien.

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