lunes, 5 de abril de 2010

Modelos

Pierdo cada día si me comparo a la chica de la publicidad, a la madre vestida de colores pasteles que espera maquillada y perfumada al nene del colegio con una torta exquisita.
Pierdo si me comparo con la chica linda del auto, que sin tener nada en especial y sólo por fumar marlboro, para el auto porque el semáforo está en rojo, busca un cigarrillo, no encuentra fuego y la sorprende una mano masculina que sale por la ventanilla de otro auto que se le pone a la par con un encendedor lipo encendido, de esos que no se apagan ni aunque haya viento.
Pierdo si quiero tener una de esas casas lindas, todas despojadas, esos muebles minimalistas modernos que no son para la gente que tiene libros, porque no vienen con estantes, son apenas tablas flotantes, hermosas, inútiles, demasiado angostas, que jamás pueden desordenarse porque no les entra casi nada, entonces pierdo porque tengo una casa con cosas, muchas cosas que se desordenan mucho y mi casa nunca se parece a las de las revistas, sino no podría decir que pierdo.
Pierdo si cocino casero, porque no me sale nunca como a mi mamá, porque nunca supe cocinar muy bien siendo que ahora hay microondas, alimentos conservados, casi listos y toda una serie de cosas muy prácticas que antes no había y yo las uso, porque no me alcanza el tiempo y me vienen de maravilla, y no veo que me resulte tan necesario aprender a cocinar siendo que en realidad no me gusta.
Pero pierdo si se me queman las milanesas, porque mi hijo dice que no sé cocinar como todas las mamás, que no le cocino bien, que tendría que cocinarle mejor y es verdad que siempre las madres apoyan una hermosa bandeja humeante en el centro de un mantel a cuadritos con hasta flores sobre una mesa llena, de una familia llena, a la que no le falta ninguna presencia en ninguna silla, y de verdad que no se ve ni un poco de quemada.
Pierdo si en vez de recibir a mi hijo con una sonrisa comprensiva y una caricia sobre el pelo cuando lo veo venir con todo el guardapolvo escrito con liquid paper le digo “Ahora lo lavás vos, para que te des cuenta de que eso no sale”, pierdo porque me dice buenooooooo y no me habla por un rato y lo peor es que después ni siquiera lo hace, no lava nada el guardapolvo y encima, lo sigue escribiendo. Ni me entiendo mejor con nadie por más de que tenga movistar. ni tengo a veces con quien ir al cine por más que mi facebook se vea lleno de amigos.
Pierdo si no doy abasto con estar perfectamente maquillada, depilada, perfumada, con las manos hechas, las raíces teñidas y la ropa con olor a suavizante vívere todo junto, pierdo porque no lo logro y me doy cuenta, me es visiblemente notorio, pero también pierdo si lo logro, porque igual ningún chico atractivo, con las mismas virtudes resueltas todas juntas como yo y recién bañado, viene ni me sorprende con un ramo de flores por la calle por haber usado impulse. Nadie me sigue, eso no me pasa, ni me pasó ni escuché de que haya pasado y cuántas veces miré hacia atrás, ansiando que algo ocurriese, algo insólito, inesperado o absurdo siquiera y no.
Esos días en que me siento flamante, llego a cualquier sitio y es un desastre, tantas otras mujeres más osadas, más sexies, más tetonas, más altas, más coloridas, más originales, todas y cada una mejor que yo, porque hasta me es inevitable verlo. Pierdo, aún esmerándome en no perder. Pierdo, todos los días, pierdo a cada momento si me dejo ser como soy. Ahora si me dedico a imitar todos esos modelos de perfección, también, porque no me salen. No conozco a nadie al que le hayan salido bien. Tarde o temprano me doy cuenta que no, que no le sale a nadie, que por más que traten de hacerlo creer, que se hace mucho eso, no, es que disimulan, que actúan que les sale, hacen como de actores de sus propias vidas, pero no.

Pierdo porque no puedo lograrlo, porque no sé quien es el que señala que debo ser la mejor, que tengo que ser hermosa, que tengo que ser comprensiva y grito, de vez en cuando grito y hasta me violento con almohadones y objetos diversos. Soy torpe, impulsiva, imperfecta, atolondrada, colgada, distraída, me dejo absorber por ciertas absurdidades que a casi nadie le interesan, deseo muchas cosas que me cuestan alcanzar y siento que mucha gente se ríe entredientes de mis obsesiones y me duele. A veces tajearía con un cuchillo a todo el mundo para que sienta algo y dejen de aparentar estar espléndidos y perfectos y superados y exitosos. Es que quiero compartir este fracaso casi tierno, porque es que me he encariñado con él, casi me dan risa las cosas que pretender ser algo que no son. Me da compasión tanta humanidad junta. Esos sentimientos casi puros que creemos tener de vez en cuando todos, creyendo que es la gran cosa importante, el suceso del momento y a todos nos pasa igual. Todo lleva la marca de una fisura latente en la frente. Mire a quien mire lo sé y me enternece. Tanto sea que me quiera convencer de su logro o de su desgracia, es parte, “ok, está bien, entiendo, no es ni tanto ni tan poco, qué bien, mantenete perseverante, conservá el entusiasmo”, es que sé que va a flaquear, lo sé, porque así me ocurre a mí, y es lo habitual, pasará, ocurrirá la torpeza, el error, el egocentrismo, el desborde equivocado, el sentimiento absurdo de querer perpetuar alguna cosa placentera y al fondo del último síntoma de la risa, al fin del último músculo que deja de contraerse y se relaja del todo, sentada la decepción aguardando crecer y el mundo sigue, amigo, sigue como los ciclos climáticos y las lluvias y las cosechas, y los trabajos, y los estudios y los amores que sepan seguir. Siguen. Se detiene todo mañana o sigue, depende, nadie sabe nada, sólo estar haciendo, todo se está haciendo todo el tiempo, cada vínculo, cada relación, cada mirada, cada caricia, cada costumbre, cada primavera, cada alarido marchito. No hay más que explorar las tensiones de nuestra propia complejidad, no hay fórmula alguna, nadie saldrá ileso del asunto, nadie será invicto de desgracias, de perder cosas preciadas, de temer fracasar. Nadie. En uno u otro aspecto, somos hermanos en todo esto, nadie será feliz estando sólo y apartado ni en un country, ni un castillo de millones de dólares, nadie está a salvo en ningún lado, no queda sitio seguro en ninguna pare. Nunca lo hubo.

Quiero resaltar la belleza de esa fisura que nos amenaza, la belleza y la poesía de nuestro perder absurdo y cotidiano, la tenacidad y la terquedad de seguir deseando a nuestro pesar, darle la mano, encariñarse, tomarlo como nuestro yo más íntimo y quererlo imperfecto y frágil como es. Pequeño tesoro de humanidad que tenemos todos, cada uno de nosotros, drama trágico que va hacia su muerte sin otro alivio que el de la propia resistencia que sepa ejercer. Tesoro fútil que nunca se calla, que nos traiciona con la esperanza de que tomemos conciencia de que de su mano somos mejores, seres efímeros asumidos y bellos que cantan un himno de alabanza a su poquedad y sólo así pueden vislumbrar su tanto.

Oh naturaleza sabia que me has hecho tan precaria, te canto porque me diste la posibilidad de necesitar, de ansiar mejorarme con otros, de no bastarme a mí misma para que tenga la tarea de echar lazos, la labor interminable de esta historia de rompecabezas que nunca es igual y siempre apasionante, permíteme perder por ti y dejar este texto inconcluso que asume su incapacidad de decir y renuncia ante tu sabiduría.
Gracias a ti, mi imaginación,
gracias a tanto incompleto, mi necesidad de completud, mi movimiento continuo, mi rumbo,
gracias a todos estos ideales baratos de fingir tenerlo todo, yo te beso e intento bailar con el viento.

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